miércoles, agosto 15, 2007

times square kiss


El día del fin de la segunda guerra mundial, agosto 14 de 1945, los marinos felices besaban a quien se dejara en Broadway y la 42, y el famoso Alfred Eisenstaedt, de la revista Life, tomó la que sería la foto más solicitada de la historia, el beso universal, pues la pareja no tiene nombre, no se reconocen sus caras, puede ser quien sea, y ése es su appeal. El triunfo de la paz sobre la guerra se perpetúa como un beso anónimo, espontáneo, entre jóvenes fogosos y audaces. Somos cursis, ¿qué le vamos a hacer? Y hoy veré a Hugo, quien tanto me mueve la hormona. ¿Por qué es eso? No puede ser que por llamarse igual. Ni por tener la mitad de años que yo. Ni por ser guapo, o que su cuerpo sea perfectito, versión comprimida, ni porque sea observador, inteligente, crítico, ni porque haya decidido irse conmigo (¡Vámonos, deja el vodka! Guau, qué poder de convicción). Tampoco creo la versión espiritista de "se conocieron en vidas pasadas". ¿Qué hay en él que mi yo reconoce como urgente de poseer, imposible de resistir? Mi cuerpo se ha hecho adicto a su presencia y sufro sin él. Oh, miseria ésta de los enamoramientos, tan ricos y tan fastidiosos. Cada detalle se expande hasta el horizonte, toda falla es terrible, todo éxito un triunfo pirotécnico. Y aun tomarse de manos en el cine cuenta.


"Ay, ahora todos. Sáquense, ¡sólo yo!"

 

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